Tengo el sueño de ya no ver el blanco. Pero por el momento, ahí esta. No puedo evitar la ansiedad, cierta tara que produce aquel blanco tiranico capaz de doblega hasta el más talentoso de los hombres, al más inspirado. La ausencia de colores (o la suma de todos ellos) es también la suma de angustias y la ausencia de esperanzas. Peor aun; el blanco es el color por antonomasia para describir aquella luz que nos llama después de vivir. Cuando la luz llega a media noche, no sabe si es inspiración o muerte, no se tiene la certeza si será el comienzo de tu gran novela o el fin de tu historia. Tal vez esa sea la naturaleza del bloqueo; es una reacción natural, un mecanismo de defensa. El mirar aquel fenómeno cromático tiene consecuencias no estudiadas; ya sea frente al monitor, o en compañía de la maquina de escribir, algo sucede en tu organismo, tú Yo biológico se resiste, intuye la señal del fallecer, sabe que aquella señal no es de color blanco, sino el mismo blanco. Cuidado con escribir, el simple intento puede provocar que tu vida se desmorone, darte cuenta que lo que cuentas es tan solo un cuento involuntario que llamas historia de vida. Toda historia no es la historia, es un simple cuento que depende del narrador, un cuento antes de dormir fúnebremente, un cuento para dormir. Pero literatura y existencia no concuerdan, aunque se lleguen a confundir. Se cree en la experiencia como narración y la interpretación como ficción; acertado en literatura y errado en existir. Del parto al lapidario, las ficciones son las creencias… y creerse narrador también es una creencia. La interpretación no es sobre una experiencia, la experiencia es la misma interpretación; escribir frente al blanco atemorizante ya es una interpretación, incluso las experiencias más allá del control son también una interpretación: nacer en pobreza, encontrarse al amor de la vida, ganar un premio, todas son interpretaciones de un gran narrador, pero, ¿Quién es el gran narrador? ¿Seremos nosotros? Esto no es algo necesariamente religioso: puede ser la sociedad y no Dios el gran narrador, o tal vez la familia, la especie o los astros. No niego a Sastre y su argumento: toda obra de arte (pintura o escultura) se piensa para luego plasmarse, pero nadie piensa al hombre, sino que este se piensa a sí mismo, es una pieza de arte derivada de sí. Si Sastre reviviera, le contestaría: tienes razón. Pero no me refiero a la capacidad de pensarse a sí mismos (ser y hacerse responsables de su existencia) sino de la incapacidad de imaginarse a sí mismo (dirigirse, encausarse. Ser responsable significa responder al mundo, no el preguntarle a donde dirigirse y encausarse).
Sin darme cuenta, sobreviví al papel en blanco. Ya ni se donde y como comencé, creo que estas es una de las consecuencias no estudiadas de sentarse frente a una hoja en blanco durante una hora o mas.

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